Este post presenta la traducción completa de un artículo publicado en la página 33 de la revista TIME del 25 de abril de 1977, hace justamente treinta años. Se trata de un relato-ensayo que Isaac Asimov escribió a petición de dicha publicación. El tema del artículo es el del mundo sin combustibles fósiles, una cuestión tan en boga en aquellos años y que enseguida fue enterrada hasta que hace muy poco tiempo empezó a emerger otra vez como asunto de máximo interés. Para muchos este evento es considerado como el “Real Deal”, la gran cuestión de la humanidad, el gran reto a afrontar en, al menos, la primera mitad de este recién estrenado siglo, por encima incluso del denominado Cambio Climático. Desgraciadamente, este último tema se ha impuesto en la conciencia colectiva muy por encima del planteado aquí.
El artículo se titula originalmente “The Nightmare Life Without Fuel”, traducido aquí como “La Vida de Pesadilla Sin Combustible” y mostrado a continuación:
La Vida de Pesadilla Sin Combustible
Los estadounidenses están tan acostumbrados a los suministros energéticos sin límites que difícilmente se pueden imaginar cómo podría ser la vida cuando el combustible empiece a agotarse. Así que TIME pidió al escritor de ciencia-ficción Isaac Asimov su visión de una sociedad de baja energía que podría existir hacia el final del siglo XX. El siguiente retrato, apunta Asimov, “no necesita ser preciso. Es una fotografía de lo peor, de la continuación inútil, del agotamiento del petróleo, de la nada en su lugar, de la población mundial continuando en crecimiento. Pero podría ocurrir, ¿no?”.
Es el año 1997, y está lloviendo, y usted tendrá que caminar para ir al trabajo otra vez. Las líneas del metro están abarrotadas de gente, y cualquier tren se estropea una de cada cinco mañanas. Los autobuses ya no están, y en un día como hoy las bicicletas chapotean y se deslizan. Además, sólo habrá de desplazarse unos dos kilómetros y medio, y tendrá botas, chubasquero y un sombrero. Y no es una lluvia muy fría, así que ¿por qué no?.
Suerte que también tiene un trabajo en la demolición. Es un trabajo constante.
Lento y sucio, pero constante y seguro. Las estructuras en declive de una ciudad decadente son las grandes minas de minerales y las tiendas de hardware de la nación. Úselos hasta estropearse y reutilice las piezas. El carbón es demasiado arduo de excavar y transportar para traernos energía en las cantidades que necesitamos, la fisión nuclear es considerada como demasiado peligrosa, el salto técnico hacia la fusión nuclear que tanto esperábamos nunca tuvo lugar, y las baterías solares son demasiado costosas de mantener en la superficie de la Tierra en cantidad suficiente.
Cualquier persona mayor de diez años es capaz de recordar los automóviles. Desaparecieron poco a poco. Al principio el precio de la gasolina se disparó. Finalmente, sólo los acomodados conducían, lo que era claramente una indicación de que eran indecentemente ricos, así que cualquier vehículo que se atreviera a mostrarse por la calle de una ciudad era volcado y quemado. Se introdujo el racionamiento para “igualar el sacrificio”, pero cada tres meses la ración era reducida. Los coches simplemente desaparecieron y se convirtieron en parte de los recursos metálicos.
Hay muchas ventajas, si usted desea buscarlas. Nuestros periódicos de 1997 continuamente nos las señalan. El aire es más limpio y parece haber menos catarros. Contra todas las predicciones, la tasa de crimen ha caído. Con los coches de la policía excesivamente costosos (y blancos demasiado fáciles), los policías han vuelto a sus rondas. Más importante aún, las calles están repletas de gente. Las piernas son las reinas de las ciudades del año 1997, y la gente camina a todas partes hasta bien entrada la noche. Incluso los parques están llenos, y existe protección mutua en la multitud.
Si el tiempo no es demasiado frío, la gente se sienta a la intemperie. Si hace calor, el aire libre es el único aire acondicionado que consiguen. Y por los menos las luces de la calle todavía calientan un poco. En casa, la electricidad escasea, y poca gente se puede permitir mantener la luz encendida después de la cena.
En cuanto al invierno, es incómodo tener frío, con la mayor parte del combustible de horno que se permite acumulado para la madrugada; pero los suéteres son prendas domésticas populares y las duchas no son un lujo diario. Los baños tibios con esponja hacen lo suyo, y si el aire no es siempre fragante en las cercanías de una persona, los humos de los automóviles se han ido.
Hay una cierto consuelo en la ciudad en que es peor en los suburbios. Los suburbios nacieron con el automóvil, vivieron con el automóvil y están muriendo con el automóvil. Una salida para los suburbanitas es la formación de asociaciones que asignan turnos para la obtención y distribución de alimento. Las carretillas chirrían de casa en casa a lo largo de las lujosas vías suburbanas, y cada temporal de nieve es un desastre. No es fácil acumular suficiente alimento como para aguantar hasta que las vías queden despejadas. No hay mucho en la cuestión de la refrigeración a excepción de los montones de nieve, y en ese entonces los perros deben ser rechazados.
La energía que queda no puede ser destinada a la comodidad personal. La nación debe sobrevivir hasta que se encuentren nuevas fuentes de energía, así que son los ferrocarriles y los subterráneos los que están recibiendo la mayor atención. Los ferrocarriles deben transportar el carbón, que es la esperanza inmediata, y los subterráneos pueden transportar mejor a la gente.
Y luego, por supuesto, debe conservarse energía para la agricultura. Las grandes fábricas de automóviles hacen camiones y maquinaria agrícola casi exclusivamente.
Podemos acurrucarnos cuando haya una falta de calor, abanicarnos donde no debería haber brisas de refrigeración, dormir o hacer el amor en aquellos momentos en los que no haya luz – pero de lejos nada mejorará la superación de una carencia de alimento. La población estadounidense no crecerá mucho más, pero el suministro de alimentos debe mantenerse alto incluso cuando los precios y la dificultad de distribución fuercen a cada estadounidense a comer menos. El alimento es necesario para la exportación de modo que podamos pagar por algún chorrito de petróleo y por otros recursos.
El resto del mundo, por supuesto, no es tan afortunado como nosotros.
Algunos cínicos dicen que es el conocimiento de esto último lo que ayuda a los Estados Unidos a mantenerse alejados de la desesperación. Ahí fuera se están muriendo de hambre porque la población del planeta ha continuado creciendo. La población sobre la Tierra es de 5.500 millones de habitantes, y fuera de Estados Unidos y Europa, no más de uno de cada cinco tiene suficiente comida que echarse a la boca en un momento dado.
Todas las estadísticas apuntan a un rápido declive en la tasa de incremento de la población, pero ello está viniendo sobre todo a través de una alta tasa de mortalidad infantil; las primeras y más vulnerables víctimas del hambre son los bebés, después de que sus madres se hayan secado. Una fuerte corriente de opinión en Estados Unidos, según lo reflejado en los periódicos (algunos de los cuales todavía producen sus ocho páginas diarias de malas noticias), sostiene que está bien que así ocurra.
¿Eso sirve para reducir la población, no?
Otros apuntan que es más que simplemente el hambre. Hay quienes se manejan para sobrevivir con casi lo suficiente como para mantener el cuerpo funcionando, y eso demuestra no ser suficiente para el cerebro. Se estima que existen ahora unos 2.000 millones de personas en el mundo que están vivas pero que sufren daños cerebrales debidos a la desnutrición, y el número está creciendo año a año. A algunos se les ha ocurrido que sería “realista” acabar con ellos y librar al planeta de una amenaza que estorba. Los periódicos estadounidenses de 1997 no informan de que esto pueda realmente estar ocurriendo en algún lugar, pero algunos viajeros traen de vuelta historias de horror.
Por lo menos los ejércitos se han ido – ninguno puede permitirse mantener esas monstruosidades costosas y engullidoras de energía. Algunos soldados de uniforme y con rifles están presentes en casi todo lo que todavía funciona en la nación, pero sólo los Estados Unidos y la Unión Soviética pueden mantener algunos tanques, aviones y barcos – que no se atreven a mover por miedo a entrar en reservas limitadas de combustible.
La energía continúa en declive, y las máquinas deben ser reemplazadas por el músculo humano y por bestias de carga. La gente trabaja largas horas y hay menos ocio; pero, entonces, con restricción de luz eléctrica, televisión sólo para tres horas por la noche, películas tres noches a la semana, pocos libros nuevos e impresos en ediciones pequeñas, ¿qué hay para hacer con el ocio? Trabajo, sueño y comida son la gran trinidad de 1997, y sólo los dos primeros están garantizados.
¿Dónde terminará? Debe terminar en una vuelta a los días antes de 1800, a los días antes de que los combustibles fósiles alimentaran una vasta industria y tecnología de la máquina. Debe terminar en un cultivo de subsistencia y en una población mundial reducida por el hambre, la enfermedad y la violencia a menos de 1.000 millones.
¿Y qué podemos hacer nosotros ahora para prevenir todo esto?
¿Ahora? Casi nada.
Si hubiéramos comenzado hace 20 años, esto podría haber sido otro asunto. Si sólo hubiéramos comenzado hace 50 años, podría haber sido fácil.
“The Nightmare Life Without Fuel”, Isaac Asimov. 1977
Sin duda es un relato nada reconfortante viniendo de este autor que, en la gran mayoría de sus novelas, adoptaba una postura tecno-cientificista en la que parecía no haber límites a la capacidad tecnológica del ser humano para resolver retos, situaciones y problemas nuevos. Poco parecía importarle si el paradigma científico de la época no permitía tales adelantos, al menos desde el punto de vista teórico. Es por esto por lo que resulta doblemente desalentador ya que, además de esbozar un escenario nefasto en el que todas las estructuras de la anterior sociedad no sirven para funcionar en un mundo de baja energía, desde un punto de vista tecnológico no deja títere con cabeza y no concede a ninguna la etiqueta de “panacea” que haga remontar el vuelo a la sociedad, que en esa situación ha vuelto a la era pre-industrial.
Es curioso cómo él vislumbra el futuro sin combustibles fósiles con una menor tasa de crimen debido a la presencia de una multitud andante por las calles, así como un escenario en el que los ejércitos desaparecen casi del todo, y en las dos grandes potencias (en aquel momento USA y URSS) una reducción muy significativa de su maquinaria y armamento, a excepción de unos cuantos soldados con rifles.
Otra cuestión a señalar es que el autor sitúa el contexto de este escenario post-petróleo en el año 1997. Evidentemente, no ha sucedido tal cosa, como se ha podido comprobar. La razón más plausible para explicar esta amplia divergencia entre el marco temporal del artículo con respecto a la realidad es que Asimov se viese coartado a la hora de llevar a cabo dicho trabajo al tener que presentar la descripción de una sociedad post-petróleo a tan sólo 20 años vista a partir del momento de la escritura del ensayo. Dicha circunstancia, ya entonces, se mostraba improbable, por lo que es de esperar que la petición de la revista TIME al autor respondiese más bien a la preocupación que reinaba en las sociedades desarrolladas de aquellos años por un recurso clave como el petróleo y que en aquel momento demostraba fehacientemente estar controlado por un cártel de países productores y de estar sujeto a sus potenciales embargos.
El artículo se escribió en 1977, es decir, dos años antes de la segunda y más profunda crisis petrolera del año 1979, que provocó una severa crisis económica y supuso una drástica e inmediata reducción de la demanda de crudo que se prolongaría hasta bien entrado el año 1983. Si Asimov hubiese escrito el artículo con posterioridad a este acontecimiento y además hubiese podido otorgar una mayor dedicación a estudiar este asunto, habría tenido muy en cuenta las conclusiones emanadas de la contrastada “Teoría del Pico de Petróleo” o “Teoría de Hubbert” (en honor al famoso geofísico que la elaboró, el Dr. M. King Hubbert), también conocida en inglés como “Peak Oil Theory” o “Hubbert Theory”. Según las estimaciones de Hubbert, el tope de extracción de crudo a nivel mundial debió de producirse, aproximadamente, en el año 2000, momento a partir del cual las tasas de extracción debieron caer inexorablemente según una curva que se asemeja a una campana. De acuerdo con esas consideraciones, es lícito pensar que una sociedad post-petróleo no tendría cabida hasta, por lo menos, diez o quince años después de la fecha del citado Peak Oil. Así, con toda honestidad, el marco temporal en el que se habría desarrollado lo descrito en el ensayo-artículo debió de haberse situado en algún año entre 2010 y 2020. Este contexto se separa unos cuantos años (aproximadamente unos veinte) del señalado por el autor. A pesar de todo, a Isaac Asimov se le pueden perdonar estas pequeñas imprecisiones, ya que se ha demostrado que los ejercicios de predicción, aún viniendo de las personas más cualificadas, suelen terminar en fracaso. Sin embargo, desde un punto de vista cualitativo, y dejando a un lado la cuestión de la fecha del Peak Oil (poco importa, a todos los efectos, si ha de ocurrir en el año 2010 o en el año 2020), resulta poco reconfortante encontrarse en un momento de nuestras vidas en algún escenario parecido al descrito por Isaac Asimov, ¿no creen?.
Estas tesis vienen entrar en convergencia con otras de índole distópica, como las tesis del “Fin de la Civilización”, la “Teoría de Olduvai” o los postulados del “Colapso de la Sociedad” provocados por una Crisis Energética con implicaciones integrales.
En otra entrada de este blog se analiza con mayor profundidad la “Teoría del Pico de Petróleo” de Hubbert.



