Tag Archives: Recurso

Nueva especie en peligro de extinción: la Clase Media

La primera gran semilla que se plantó, tanto en las mentes como en los corazones de los ciudadanos de multitud de sociedades, y que derivaría finalmente en el establecimiento de la llamada Clase Media, tuvo su lugar y momento en los Estados Unidos durante los peores momentos de la Gran Depresión, acontecimiento éste que tuvo su manifestación más cruda entre los años 1929 y 1934. Dicha semilla se plantó con el llamado “New Deal” de Roosevelt en 1933. Obviando muchos aspectos de dicho paquete de medidas, que no hicieron más que extender la debilidad de la economía norteamericana hasta 1939, a las puertas de la II Guerra Mundial, lo que supuso el citado “New Deal” fue la “inoculación” en la sociedad estadounidense de la idea de que el Estado debe intervenir fuertemente en materia legislativa y administrativa, especialmente cuando la situación económica lo requiera, para proporcionar seguridad, sustento y si es posible, empleo. Es en EE.UU., en este contexto, concretamente con la “Social Security Act” de 1935, en donde nace la Seguridad Social, aunque ya se había implantado un “Seguro de Enfermedad” en la Alemania de Otto von Bismarck, en 1883. El resto de países la irían implantando según los años y las circunstancias.

La actuación gubernamental del “New Deal” sentó, además, las bases del sentimiento de que es necesario mantener a amplias capas de la población con empleo para que el Estado pueda captar los suficientes recursos para aportar, con el gasto público, un extra de demanda que genere aún más crecimiento económico. Es lo que se llama keynesianismo. Este movimiento fue el gran precursor de la Clase Media y fue el enfoque dominante en la economía desde el fin de la Gran Depresión hasta finales de los años 70, con los shocks petroleros.

El nacimiento oficial, la puesta de largo de la Clase Media tuvo lugar en la mayoría de los países desarrollados justo después de la II Guerra Mundial, incubada por el fortísimo deseo de proporcionar paz, seguridad y bienestar a la mayor cantidad posible de ciudadanos (como en la Gran Depresión, pero esta vez por motivos más que dramáticos), y alimentada con los millones del Plan Marshall, liquidez ligada al consumo y la inversión que propició un arranque de la rueda de la recuperación y el desarrollo económicos que desembocó en los 25 años más prósperos de la historia hasta el primer crash petrolero de 1973. De nuevo el keynesiamismo actuando.

Por España dicho plan Marshall no se detuvo (como en la película de Berlanga) pero sí que hubo una particular ayuda keynesiana con el Plan de Estabilización de 1959. Dicho apoyo financiero, junto con algunas grandes reformas económicas que se ejecutaron en ese entonces, como por ejemplo, la instauración de la Seguridad Social (muy del estilo de la creada en 1935 por Roosevelt y posteriormente en otros países del entorno europeo) provocaron un período de auge económico también en España que duró hasta la mencionada crisis del 73.

En definitiva, casi todo Occidente vivió una auténtica época dorada desde aproximadamente 1948 hasta 1973, con la salvedad de algunos países que se sumaron tarde a la fiesta del desarrollo.

En la parte del bloque comunista pasó tres cuartas partes de lo mismo, pero sin planes Marshall y sin desarrollo de libertades, pero con mucha planificación y sacrificios de todo tipo, con la total intervención del Estado, con el establecimiento de mancomunidades o “commonwealths” de países del bloque (como el llamado Pacto de Varsovia) y con un consumo cada vez más exacerbado de recursos explotados por el centro del bloque, que era la U.R.S.S., la cual podía captar los suficientes recursos como para mantener la máquina bélica bien engrasada. En dichas sociedades no se dió cabida a la llamada Clase Media porque ésta era considerada la pequeña-burguesía, una de las clases a las que había que eliminar (esa lección la aplicó muy bien Pol Pot en Camboya). En su lugar se forjó una amplísima clase trabajadora universalmente alfabetizada y bien instruida en todo tipo de labores y profesiones cuyos efectos todavía se perciben en las sociedades herederas de aquellos regímenes.

Por último hay que hablar de Japón, que tras la II Guerra Mundial y hasta el presente logró desarrollar, bajo condiciones de libertad de derechos civiles, una sociedad muy igualitaria en cuanto a la distribución de los estratos sociales. La manifestación más significativa de estas circunstancias es la conformación de la Clase Media más amplia que haya existido nunca en sociedad alguna. Ello se consiguió utilizando un modelo sociológico y económico basado en: masiva concentración urbana, universalización y excelencia (bajo parámetros de rendimiento) del sistema educativo, hiper-industrialización y métodos de ascenso y mejora social por medio del desempeño y la antigüedad laboral exclusivamente. Todo lo anterior, unido a la particular ética del trabajo nipona, dieron como resultado la emergencia de una vasta capa de población que puede ser considerada como Clase Media.

El resto del mundo quedó bastante al margen de dichos movimientos o evoluciones económico-sociológicos, por ser en su momento (y aún en parte) la periferia del sistema. Puede resultar irónico, pero ha resultado que la emergencia y el mantenimiento de los estándares de vida alcanzados por las Clases Medias de la OCDE se ha basado en que la periferia haya estado “revuelta” siempre, política, económica, social y militarmente. Ahora que la Clase Media de los países desarrollados está agotada, saturada y atiborrada de productos de consumo es cuando hay interés en desarrollar la equivalente en los países de la periferia.

Este es el diagnóstico del nacimiento de la Clase Media en la segunda mitad del siglo XX. A partir del año 1973 comienza el proceso de minado del campo de la cohesión social y de la consolidación de dicho estrato social cuando Richard Nixon eliminó unas cuantas funciones y asignaciones presupuestarias de la Seguridad Social. Lo que ocurrió entre 1973 y 1979 fue un período de convulsiones económicas debido a los shocks petroleros, cuyos efectos en la economía (especialmente en el empleo) duraron hasta 1983, y que supuso un nuevo golpe a la Clase Media. Estos años fueron también de transición y convulsión política para muchos países. El año 1982 fue clave, ya que fue el momento en el que se puso de largo la nueva corriente económica surgida de la Escuela de Chicago y cuyo máximo precursor fue Milton Friedman. Se trata del monetarismo neoclásico, liberalismo neoclásico o neoliberalismo y tuvo su bautismo político en el Consenso de Washington que ese año firmaron Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Para simplificar la última parte del análisis, hay que decir que el eje central del neoliberalismo es la exacerbación de la competencia, a todos los niveles de la sociedad y la economía. Esto implica, entre otras cosas, la apertura de las sociedades desarrolladas a gran parte de lo que existe más allá de ellas. La cuestión es: si la Clase Media de los países desarrollados sólo ofrece un poco de trabajo y mucho consumo bien pagados, y existe a la vez la fuerte competencia de la clase trabajadora de los países menos desarrollados, que ofrecen mucho trabajo y poco consumo mal pagados, la fórmula empresarial es clara: el trabajo donde hay mucho trabajo mal pagado y el consumo donde hay mucho consumo bien pagado.

Todo ello da como resultado que la razón de ser de la Clase Media, que era el empleo relativamente bien pagado, esté deshaciéndose como un azucarillo lenta pero inexorablemente desde hace más de 25 años. La consecuencia es el declive y casi desaparición de este estrato social, que ha sido determinante y el centro de las políticas desde hace ya más de 60 años, la clase de la paz social por excelencia, la que ha amalgamado y cohesionado a toda la sociedad. Todo esto está en peligro de romperse porque la Clase Media corre el riesgo de extinción, como los dinosaurios.

¿Qué no está en crisis?

Desde el punto de vista global, tanto macroeconómicamente como microeconómicamente, se puede decir que el mundo desarrollado está en una crisis severa. Analizando todo de una manera un poco exhaustiva, habría que preguntarse, más bien, ¿qué no está en crisis?, y no hablamos sólo de la economía, sino también de otros aspectos como la sociedad, la ética, la religión o el medio ambiente.

Se habla mucho y se menciona numerosas veces la palabra “crisis”, pero ¿qué es una crisis?. Podría haber muchas definiciones de dicho término, pero yo prefiero quedarme con una:

Una crisis comienza con un punto de inflexión en un fenómeno o actividad y es un período en el que los esquemas, reglas y estados preeminentes hasta ese momento entran en una fase en la que es más probable que sean sustituidos por otros diferentes a que sigan su curso. El citado punto de inflexión es alcanzado cuando se detecta que las expectativas que hasta ese momento existían sobre ese fenómeno o actividad han sido o están siendo frustradas, no satisfechas o entran en declive.

Sería apropiado seleccionar los sectores y actividades humanas que, según el marco temporal a tener en cuenta:

  1. Llevan años sufriendo una crisis más o menos prolongada sin solución de continuidad
  2. Acaban de entrar en una crisis más o menos profunda
  3. Van a experimentar una crisis muy severa de forma inminente
  4. Se encaminan inexorablemente a una crisis intensa y duradera si no cambian las condiciones

El resultado del anterior análisis muestra una serie de 23 sectores y actividades humanas reconocidas en alguno de los 4 puntos anteriores:

  • Crisis macroeconómica y microeconómica
  • Crisis financiera y bancaria
  • Crisis monetaria
  • Crisis política
  • Crisis laboral
  • Crisis inmobiliaria
  • Crisis de los medios de comunicación
  • Crisis publicitaria
  • Crisis musical
  • Crisis cinematográfica
  • Crisis automovilística
  • Crisis aeronáutica
  • Crisis de recursos naturales no renovables
  • Crisis energética
  • Crisis hídrica
  • Crisis alimentaria
  • Crisis demográfica
  • Crisis climática
  • Crisis de la biodiversidad
  • Crisis educativa
  • Crisis ideológica
  • Crisis de valores éticos y morales
  • Crisis espiritual

Seguro que se podrían encontrar más elementos en crisis, pero casi todos, o los más importantes, están recogidos en la lista anterior. Resulta muy difícil discutir la presencia de los anteriores sectores en la lista, puesto que existen sobrados motivos para que cada uno de dichos elementos merezcan estar en el desglose.

No todo se encuentra en la misma situación. A grandes rasgos y, quizá, en algún que otro caso debido a que algunos sectores de la lista “crítica” se encuentra presente en ella, existen actividades humanas que presentan una posición excelente, como, por ejemplo:

  • Informática, Telecomunicaciones y Tecnologías de la Información
  • Medicina, industria farmacéutica e industria natracéutica
  • Ecologismo y ambientalismo
  • Nanotecnología
  • Biotecnología e industria genética
  • Industria militar
  • Tráfico y explotación de mujeres con fines sexuales o neo-esclavistas
  • Tráfico y explotación de niños con fines sexuales, neo-esclavistas o bélicos
  • Tráfico de armas y material bélico
  • Tráfico de drogas, estupefacientes y fármacos
  • Tráfico de órganos humanos
  • Tráfico y explotación de animales salvajes
  • Tráfico de influencias, corrupción y nepotismo
  • Organizaciones criminales y mafiosas
  • Gobiernos e instituciones kakistocráticas
  • Economía sumergida o tráfico ilegal de bienes y servicios (estraperlo y contrabando)

No se conocen causas exógenas al ser humano que hayan provocado las crisis descritas en el primer desglose. En la gran mayoría de los casos, de una manera directa o indirecta, detrás de estas situaciones se esconde una dinámica o escalada de sobreproducción-sobreconsumo que responde a la idea preconcebida de que en un mundo finito como éste se puede experimentar un crecimiento ilimitado de las actividades humanas sin hacerse cargo plenamente de las servidumbres que éstas generan.

La vida de pesadilla sin combustible

Este post presenta la traducción completa de un artículo publicado en la página 33 de la revista TIME del 25 de abril de 1977, hace justamente treinta años. Se trata de un relato-ensayo que Isaac Asimov escribió a petición de dicha publicación. El tema del artículo es el del mundo sin combustibles fósiles, una cuestión tan en boga en aquellos años y que enseguida fue enterrada hasta que hace muy poco tiempo empezó a emerger otra vez como asunto de máximo interés. Para muchos este evento es considerado como el “Real Deal”, la gran cuestión de la humanidad, el gran reto a afrontar en, al menos, la primera mitad de este recién estrenado siglo, por encima incluso del denominado Cambio Climático. Desgraciadamente, este último tema se ha impuesto en la conciencia colectiva muy por encima del planteado aquí.

El artículo se titula originalmente “The Nightmare Life Without Fuel”, traducido aquí como “La Vida de Pesadilla Sin Combustible” y mostrado a continuación:

La Vida de Pesadilla Sin Combustible

Los estadounidenses están tan acostumbrados a los suministros energéticos sin límites que difícilmente se pueden imaginar cómo podría ser la vida cuando el combustible empiece a agotarse. Así que TIME pidió al escritor de ciencia-ficción Isaac Asimov su visión de una sociedad de baja energía que podría existir hacia el final del siglo XX. El siguiente retrato, apunta Asimov, “no necesita ser preciso. Es una fotografía de lo peor, de la continuación inútil, del agotamiento del petróleo, de la nada en su lugar, de la población mundial continuando en crecimiento. Pero podría ocurrir, ¿no?”.

Es el año 1997, y está lloviendo, y usted tendrá que caminar para ir al trabajo otra vez. Las líneas del metro están abarrotadas de gente, y cualquier tren se estropea una de cada cinco mañanas. Los autobuses ya no están, y en un día como hoy las bicicletas chapotean y se deslizan. Además, sólo habrá de desplazarse unos dos kilómetros y medio, y tendrá botas, chubasquero y un sombrero. Y no es una lluvia muy fría, así que ¿por qué no?.

Suerte que también tiene un trabajo en la demolición. Es un trabajo constante.

Lento y sucio, pero constante y seguro. Las estructuras en declive de una ciudad decadente son las grandes minas de minerales y las tiendas de hardware de la nación. Úselos hasta estropearse y reutilice las piezas. El carbón es demasiado arduo de excavar y transportar para traernos energía en las cantidades que necesitamos, la fisión nuclear es considerada como demasiado peligrosa, el salto técnico hacia la fusión nuclear que tanto esperábamos nunca tuvo lugar, y las baterías solares son demasiado costosas de mantener en la superficie de la Tierra en cantidad suficiente.

Cualquier persona mayor de diez años es capaz de recordar los automóviles. Desaparecieron poco a poco. Al principio el precio de la gasolina se disparó. Finalmente, sólo los acomodados conducían, lo que era claramente una indicación de que eran indecentemente ricos, así que cualquier vehículo que se atreviera a mostrarse por la calle de una ciudad era volcado y quemado. Se introdujo el racionamiento para “igualar el sacrificio”, pero cada tres meses la ración era reducida. Los coches simplemente desaparecieron y se convirtieron en parte de los recursos metálicos.

Hay muchas ventajas, si usted desea buscarlas. Nuestros periódicos de 1997 continuamente nos las señalan. El aire es más limpio y parece haber menos catarros. Contra todas las predicciones, la tasa de crimen ha caído. Con los coches de la policía excesivamente costosos (y blancos demasiado fáciles), los policías han vuelto a sus rondas. Más importante aún, las calles están repletas de gente. Las piernas son las reinas de las ciudades del año 1997, y la gente camina a todas partes hasta bien entrada la noche. Incluso los parques están llenos, y existe protección mutua en la multitud.

Si el tiempo no es demasiado frío, la gente se sienta a la intemperie. Si hace calor, el aire libre es el único aire acondicionado que consiguen. Y por los menos las luces de la calle todavía calientan un poco. En casa, la electricidad escasea, y poca gente se puede permitir mantener la luz encendida después de la cena.

En cuanto al invierno, es incómodo tener frío, con la mayor parte del combustible de horno que se permite acumulado para la madrugada; pero los suéteres son prendas domésticas populares y las duchas no son un lujo diario. Los baños tibios con esponja hacen lo suyo, y si el aire no es siempre fragante en las cercanías de una persona, los humos de los automóviles se han ido.

Hay una cierto consuelo en la ciudad en que es peor en los suburbios. Los suburbios nacieron con el automóvil, vivieron con el automóvil y están muriendo con el automóvil. Una salida para los suburbanitas es la formación de asociaciones que asignan turnos para la obtención y distribución de alimento. Las carretillas chirrían de casa en casa a lo largo de las lujosas vías suburbanas, y cada temporal de nieve es un desastre. No es fácil acumular suficiente alimento como para aguantar hasta que las vías queden despejadas. No hay mucho en la cuestión de la refrigeración a excepción de los montones de nieve, y en ese entonces los perros deben ser rechazados.

La energía que queda no puede ser destinada a la comodidad personal. La nación debe sobrevivir hasta que se encuentren nuevas fuentes de energía, así que son los ferrocarriles y los subterráneos los que están recibiendo la mayor atención. Los ferrocarriles deben transportar el carbón, que es la esperanza inmediata, y los subterráneos pueden transportar mejor a la gente.

Y luego, por supuesto, debe conservarse energía para la agricultura. Las grandes fábricas de automóviles hacen camiones y maquinaria agrícola casi exclusivamente.

Podemos acurrucarnos cuando haya una falta de calor, abanicarnos donde no debería haber brisas de refrigeración, dormir o hacer el amor en aquellos momentos en los que no haya luz – pero de lejos nada mejorará la superación de una carencia de alimento. La población estadounidense no crecerá mucho más, pero el suministro de alimentos debe mantenerse alto incluso cuando los precios y la dificultad de distribución fuercen a cada estadounidense a comer menos. El alimento es necesario para la exportación de modo que podamos pagar por algún chorrito de petróleo y por otros recursos.

El resto del mundo, por supuesto, no es tan afortunado como nosotros.

Algunos cínicos dicen que es el conocimiento de esto último lo que ayuda a los Estados Unidos a mantenerse alejados de la desesperación. Ahí fuera se están muriendo de hambre porque la población del planeta ha continuado creciendo. La población sobre la Tierra es de 5.500 millones de habitantes, y fuera de Estados Unidos y Europa, no más de uno de cada cinco tiene suficiente comida que echarse a la boca en un momento dado.

Todas las estadísticas apuntan a un rápido declive en la tasa de incremento de la población, pero ello está viniendo sobre todo a través de una alta tasa de mortalidad infantil; las primeras y más vulnerables víctimas del hambre son los bebés, después de que sus madres se hayan secado. Una fuerte corriente de opinión en Estados Unidos, según lo reflejado en los periódicos (algunos de los cuales todavía producen sus ocho páginas diarias de malas noticias), sostiene que está bien que así ocurra.

¿Eso sirve para reducir la población, no?

Otros apuntan que es más que simplemente el hambre. Hay quienes se manejan para sobrevivir con casi lo suficiente como para mantener el cuerpo funcionando, y eso demuestra no ser suficiente para el cerebro. Se estima que existen ahora unos 2.000 millones de personas en el mundo que están vivas pero que sufren daños cerebrales debidos a la desnutrición, y el número está creciendo año a año. A algunos se les ha ocurrido que sería “realista” acabar con ellos y librar al planeta de una amenaza que estorba. Los periódicos estadounidenses de 1997 no informan de que esto pueda realmente estar ocurriendo en algún lugar, pero algunos viajeros traen de vuelta historias de horror.

Por lo menos los ejércitos se han ido – ninguno puede permitirse mantener esas monstruosidades costosas y engullidoras de energía. Algunos soldados de uniforme y con rifles están presentes en casi todo lo que todavía funciona en la nación, pero sólo los Estados Unidos y la Unión Soviética pueden mantener algunos tanques, aviones y barcos – que no se atreven a mover por miedo a entrar en reservas limitadas de combustible.

La energía continúa en declive, y las máquinas deben ser reemplazadas por el músculo humano y por bestias de carga. La gente trabaja largas horas y hay menos ocio; pero, entonces, con restricción de luz eléctrica, televisión sólo para tres horas por la noche, películas tres noches a la semana, pocos libros nuevos e impresos en ediciones pequeñas, ¿qué hay para hacer con el ocio? Trabajo, sueño y comida son la gran trinidad de 1997, y sólo los dos primeros están garantizados.

¿Dónde terminará? Debe terminar en una vuelta a los días antes de 1800, a los días antes de que los combustibles fósiles alimentaran una vasta industria y tecnología de la máquina. Debe terminar en un cultivo de subsistencia y en una población mundial reducida por el hambre, la enfermedad y la violencia a menos de 1.000 millones.

¿Y qué podemos hacer nosotros ahora para prevenir todo esto?

¿Ahora? Casi nada.

Si hubiéramos comenzado hace 20 años, esto podría haber sido otro asunto. Si sólo hubiéramos comenzado hace 50 años, podría haber sido fácil.

“The Nightmare Life Without Fuel”, Isaac Asimov. 1977

Sin duda es un relato nada reconfortante viniendo de este autor que, en la gran mayoría de sus novelas, adoptaba una postura tecno-cientificista en la que parecía no haber límites a la capacidad tecnológica del ser humano para resolver retos, situaciones y problemas nuevos. Poco parecía importarle si el paradigma científico de la época no permitía tales adelantos, al menos desde el punto de vista teórico. Es por esto por lo que resulta doblemente desalentador ya que, además de esbozar un escenario nefasto en el que todas las estructuras de la anterior sociedad no sirven para funcionar en un mundo de baja energía, desde un punto de vista tecnológico no deja títere con cabeza y no concede a ninguna la etiqueta de “panacea” que haga remontar el vuelo a la sociedad, que en esa situación ha vuelto a la era pre-industrial.

Es curioso cómo él vislumbra el futuro sin combustibles fósiles con una menor tasa de crimen debido a la presencia de una multitud andante por las calles, así como un escenario en el que los ejércitos desaparecen casi del todo, y en las dos grandes potencias (en aquel momento USA y URSS) una reducción muy significativa de su maquinaria y armamento, a excepción de unos cuantos soldados con rifles.

Otra cuestión a señalar es que el autor sitúa el contexto de este escenario post-petróleo en el año 1997. Evidentemente, no ha sucedido tal cosa, como se ha podido comprobar. La razón más plausible para explicar esta amplia divergencia entre el marco temporal del artículo con respecto a la realidad es que Asimov se viese coartado a la hora de llevar a cabo dicho trabajo al tener que presentar la descripción de una sociedad post-petróleo a tan sólo 20 años vista a partir del momento de la escritura del ensayo. Dicha circunstancia, ya entonces, se mostraba improbable, por lo que es de esperar que la petición de la revista TIME al autor respondiese más bien a la preocupación que reinaba en las sociedades desarrolladas de aquellos años por un recurso clave como el petróleo y que en aquel momento demostraba fehacientemente estar controlado por un cártel de países productores y de estar sujeto a sus potenciales embargos.

El artículo se escribió en 1977, es decir, dos años antes de la segunda y más profunda crisis petrolera del año 1979, que provocó una severa crisis económica y supuso una drástica e inmediata reducción de la demanda de crudo que se prolongaría hasta bien entrado el año 1983. Si Asimov hubiese escrito el artículo con posterioridad a este acontecimiento y además hubiese podido otorgar una mayor dedicación a estudiar este asunto, habría tenido muy en cuenta las conclusiones emanadas de la contrastada “Teoría del Pico de Petróleo” o “Teoría de Hubbert” (en honor al famoso geofísico que la elaboró, el Dr. M. King Hubbert), también conocida en inglés como “Peak Oil Theory” o “Hubbert Theory”. Según las estimaciones de Hubbert, el tope de extracción de crudo a nivel mundial debió de producirse, aproximadamente, en el año 2000, momento a partir del cual las tasas de extracción debieron caer inexorablemente según una curva que se asemeja a una campana. De acuerdo con esas consideraciones, es lícito pensar que una sociedad post-petróleo no tendría cabida hasta, por lo menos, diez o quince años después de la fecha del citado Peak Oil. Así, con toda honestidad, el marco temporal en el que se habría desarrollado lo descrito en el ensayo-artículo debió de haberse situado en algún año entre 2010 y 2020. Este contexto se separa unos cuantos años (aproximadamente unos veinte) del señalado por el autor. A pesar de todo, a Isaac Asimov se le pueden perdonar estas pequeñas imprecisiones, ya que se ha demostrado que los ejercicios de predicción, aún viniendo de las personas más cualificadas, suelen terminar en fracaso. Sin embargo, desde un punto de vista cualitativo, y dejando a un lado la cuestión de la fecha del Peak Oil (poco importa, a todos los efectos, si ha de ocurrir en el año 2010 o en el año 2020), resulta poco reconfortante encontrarse en un momento de nuestras vidas en algún escenario parecido al descrito por Isaac Asimov, ¿no creen?.

Estas tesis vienen entrar en convergencia con otras de índole distópica, como las tesis del “Fin de la Civilización”, la “Teoría de Olduvai” o los postulados del “Colapso de la Sociedad” provocados por una Crisis Energética con implicaciones integrales.

En otra entrada de este blog se analiza con mayor profundidad la “Teoría del Pico de Petróleo” de Hubbert.

El gran saqueo

En este post se muestran dos artículos publicados el miércoles 28 de marzo de 2007 en distintos periódicos europeos. El primero de ellos, titulado “Zeit der Gier”, fue escrito por Paul Ingendaay y publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ). El artículo original puede consultarse aquí . La traducción presentada, que ha sido realizada por Anahí Seri, lleva por título: “Tiempos de Codicia”.

Tiempos de codicia

La divisa es el saqueo. La economía española va viento en popa, pero el país hipoteca su futuro y se desentiende del cambio climático.

PAUL INGENDAAY / FAZ MADRID, 28 de marzo de 2007

Según una encuesta publicada recientemente, de entre todos los europeos, son los españoles los que más se preocupan por el cambio climático, pero eso no son más que números. ¿Quién se iba a extrañar? España está en el sur. Siete de cada diez españoles, se dice, están “muy preocupados” por el calentamiento global, el riesgo de sequía, la elevación del nivel del mar, el deshielo de los casquetes polares, etc. Los siguientes puestos de preocupación de los europeos los ocupan Chipre, Malta, Grecia, Portugal, Rumania e Italia. Lo dicho, el sur. En Finlandia, de momento no hay por qué temer a los veranos desérticos.

Pero si nos fijamos en las consecuencias que se desprenden de esta preocupación, el tema tiene mala pinta para los españoles, por varias razones. La primera y más obvia es que se interesan poco por la ecología y la ciencia del clima, están muy rezagados en temas de medio ambiente y no son nada amigos de las normas que limitan su libertad de movimiento. Nunca ha habido “conciencia ecológica” en España, y la política verde no existe a nivel nacional.

Bien es cierto que en verano hay spots publicitarios que propugnan cándidamente el ahorro de agua; pero cuando en febrero la Ministra de medio ambiente, Cristina Narbona, sumó a las preocupantes conclusiones del estudio sobre el clima de la ONU unas investigaciones españolas según las cuales se produciría un aumento de las temperaturas de cuatro a siete grados hasta el final del siglo, y con ello una catástrofe climática ibérica, la opinión pública no se dio por aludida. Los columnistas y los “opinion maker” prefieren ocuparse de temas más importantes que la canícula, las pérdidas de cosechas, la desertización, nuevos parásitos o migraciones humanas y de aves. Mientras que los debates en torno al grupo terrorista ETA han provocado en los últimos meses media docena de manifestaciones masivas, la lucha contra el cambio climático no consigue movilizar a nadie.

El problema de fondo podría ser que el fabuloso crecimiento económico español de los últimos años va ligado directamente al saqueo imparable de este país y sus recursos: tierra, agua, luz. El boom inmobiliario que campa a sus anchas ha adquirido unas proporciones tan terroríficas que en España se construyen anualmente más viviendas que en Alemania, Francia e Inglaterra juntas. Parte de las urbanizaciones recién creadas son ilegales. No sólo la costa andaluza, cuyo destrozo es ya proverbial, también las barriadas en torno a las grandes ciudades ofrecen imágenes fantasmagóricas de urbanismo desenfrenado, a menudo derivados directamente de favoritismos, acuerdos secretos y sobornos. Hay mucho en juego: en los últimos años, los precios de los inmuebles han aumentado en más de 150%. Entre quienes más se han enriquecido figuran los constructores, los agentes inmobiliarios y los inversores. Tampoco cesa la demanda de viviendas en España por parte de los extranjeros, sea para uso propio o como objeto de especulación.

Tan sólo entre principios de 2005 y mediados de 2006, el Seprona detectó casi trece mil obras ilegales en todo el país, sin contar Cataluña ni el País Vasco. Los delitos abarcan desde la simple anexión de terrenos públicos, pasando por reformas o vallas no autorizadas, hasta construcciones en espacios protegidos. Por cierto que gran parte de los pecadores actúan en las empresas de construcción y proceden de forma absolutamente desvergonzada. Se perforan pozos donde hace falta, se pinchan las conducciones de electricidad. Hay muchas probabilidades de que la apropiación indebida del terreno sea declarada legal a posteriori.

A modo de ejemplo: en el pasado mes de octubre, las autoridades municipales socialistas de Chiclana de Frontera (Provincia de Cádiz) decidieron legalizar quince mil casas o pisos que habían sido construidos ilegalmente en las últimas tres décadas. Poco a poco, los habitantes se registrarán y recibirán suministro eléctrico regular. Es decir, en vez de obligar al cumplimiento de las normas y penalizar de forma decidida las infracciones, el municipio ampara a los malhechores bajo el inmenso paraguas de una legislación ya carente de significado. Lo legal es lo que ocurre.

Con el titular “Saqueo urbanístico”, el periódico El País informó a principios de mes sobre diez parques naturales amenazados por la industria de la construcción, o que incluso ya han comenzado a ser mordisqueados. Se trata de viviendas unifamiliares con vistas a las montañas, de estaciones de esquí, de novecientas viviendas con campo de golf. Donde la cosa está especialmente cruda es en la Comunidad Valenciana y en Murcia y Almería, donde muchos municipios están dispuestos a recalificar los terrenos originalmente protegidos, para que pueblos de 10.000 almas puedan convertirse en residencias de vacaciones y tiempo libre con un número de habitantes multiplicado por veinte. Los debates sobre la incompatibilidad, si es que tienen lugar, se libran en general en los tribunales, donde las armas están repartidas de forma muy desigual. El oso pardo, en peligro de extinción en Castilla y León, depende de la iniciativa de los ecologistas. Entretanto, los urbanizadores y los políticos provincianos ávidos de modernización se entusiasman con el “potencial de crecimiento” de su región y aluden a la creación de nuevos puestos de trabajo.

La situación en España es precaria, no sólo por las temperaturas extremadamente elevadas, el aumento de las emisiones de dióxido de carbono y la falta de conciencia ecológica. La avidez del sector inmobiliario y turístico acentúa una tendencia funesta: el movimiento hacia la capital o hacia las costas, mientras se abandona el interior. Las grandes obras de infraestructura y los objetos arquitectónicos de prestigio son para las zonas que ya de por si gozan de ventaja. El escritor Julio Llamazares utilizó recientemente la expresión “dos Españas”, expresión que normalmente alude a los tiempos de la Guerra Civil, para hacer referencia a esta división en dos clases. Según Llamazares, las regiones ricas consideran a las más pobres como meros proveedores. Si a los ricos les falta agua, que los otros hagan el favor de ponérsela a su disposición. Los ricos apelan a la solidaridad cuando les viene bien, pero en su opinión hace tiempo que han dejado sin contenido el modelo de solidaridad de las comunidades autónomas. En la España actual rige el más acendrado egoísmo.

Para poder llevarse una parte del pastel, los municipios enajenan sus bonitos paisajes, el aire puro y la calma celestial, atributos que pronto se quedan en nada. La multiplicación de las viviendas lleva a ensanchar las calles, a construir nuevas autopistas y a sellar más superficies. De acuerdo con un estudio de compatibilidad, en el año 2004 había en España 23 millones de viviendas privadas, de las cuales sólo 12,5 millones eran primera residencia. Aproximadamente 5,3 millones, más de un tercio, eran segundas viviendas. Los dos millones largos de inmuebles que faltan en este cálculo estaban vacíos.

Es peligrosamente ingenuo hacer este cálculo sin tener en cuenta el cambio climático, y esto en algún momento se hará notar. La cultura española de turismo y servicios se puede ir preparando. Todo lo que puede ofrecer el país habrá que volver a calcularlo y ajustarlo. Por ejemplo, el pasado invierno las estaciones españolas de esquí sufrieron importantes pérdidas debido a que apenas hubo nieve hasta el mes de febrero; se anuncian unos tiempos en los que ni la nieve artificial servirá de nada y tal vez el montañismo sea mejor idea.

El verano de 2006 puso de manifiesto el riesgo que supone vivir en las zonas más cálidas. Las reservas de agua arrojaron mínimos históricos. En Andalucía y Extremadura hubo muertes por deshidratación. La plaga estival de los incendios forestales arrasó muchas hectáreas de tierra. Imaginarse que en algún momento de nuestro siglo se pudieran sumar aún seis grados más a los 55 grados registrados en Córdoba y Sevilla es algo que nos supera.

Y no hace falta recurrir a cálculos alarmistas para saber que las cosas se pueden poner aún mucho más feas. En la actualidad, la Comunidad de Murcia ya no puede cubrir sus necesidades anuales de agua con sus propios recursos. Y sin embargo, aquí y en Almería, la región más cálida de España, en los próximos años se construirán varios cientos de miles de nuevas viviendas. Este plan demencial podría causar mayores modificaciones en esta región de lo que se ha conseguido en todo el siglo XX. Pensado como un parque temático para los acaudalados, con golf, hidromasaje y peluquería, en realidad aquí se levantará un mundo artificial de ladrillo y asfalto. El césped verde que se supone que lo rodeará, es el problema en el que hoy en día nadie quiere pensar.

El segundo de los artículos se titula “The pain in Spain will follow years of rapid economic gain”, fue escrito por Martin Wolf y publicado en Financial Times (FT). El texto original puede consultarse aquí. Se reproduce una traducción propia del mismo, con el título: “El dolor en España seguirá a años de rápido crecimiento económico”.

El dolor en España seguirá a años de rápido crecimiento económico*

MARTIN WOLF / FT Business, 28 de marzo de 2007

¿Pueden los déficits por cuenta corriente ser un problema dentro de la Unión Monetaria? Las respuestas son “no” y “si”: No, porque no puede haber una crisis de divisa; y si, porque no puede haber una crisis de divisa. Cuando emergen divergencias insostenibles en la competitividad, el ajuste se produce, de largo, a través de cambios en los costes nominales relativos, particularmente laborales. Cuanto más profundo sea el ajuste requerido, más intenso será el dolor.

El reto implicado por la competitividad divergente dentro de la eurozona ha sido ampliamente discutido para el caso de Italia. Pero España es incluso más interesante. España, al contrario que Italia, ha experimentado un enorme éxito económico; España, al contrario que Italia, ha disfrutado de un inmenso boom de la construcción. Pero España, esta vez como Italia, tiene bajas tasas de productividad y una competitividad externa en deterioro.

La cuestión, entonces, no es si se producirá un ajuste, puesto que es seguro que va a suceder. Se trata de cómo ocurrirá.

Entre 2001 y 2005, la eurozona fue el gigante enfermo de la economía mundial. En esos cinco años, el crecimiento de la eurozona promedió un escaso 1,4% anual. Como respuesta, el Banco Central Europeo adoptó una política monetaria expansiva. Pero el impacto de los bajos tipos de interés fue mayor, no donde la demanda era la más débil, sino donde las condiciones para un boom de la propiedad eran las mejores: principalmente en Irlanda y en España.

El desempeño económico general de España ha sido del tipo de los de generar euforia. Como señala la última revisión económica de la OCDE: “El país ha experimentado su 13er año consecutivo de fuerte crecimiento. La vitalidad económica ha tenido el efecto de acortar la diferencia en renta per cápita con el resto del área euro desde el 20% a por debajo del 12% en la última década”.

Esta impresionante expansión ha sido conducida, del lado de la oferta, por enormes incrementos en el empleo, incluido el de los inmigrantes. Entre 1998 y 2996, el empleo contribuyó con 3 puntos porcentuales al 3,5% de crecimiento potencial, con la productividad situándose en un 0,5%. La contribución del “factor productividad” – o el incremento de la eficiencia en el uso de los factores de producción – fue negativa, con un -0,2% anual.

Mientras tanto, en el lado de la demanda, el consumo doméstico y la inversión, particularmente en el sector de la construcción, han dirigido la economía. Entre 2002 y 2006, la construcción creció a una tasa media de casi un 6% anual, en términos reales. En el año 2004, únicamente la inversión en vivienda nueva supuso el 8% del PIB, un porcentaje sobrepasado entre los miembros de la OCDE sólo por Irlanda.

Mientras, la balanza exterior se deterioró año tras año. El año pasado el déficit por cuenta corriente de 107.000 millones de dólares fue el segundo más alto del mundo después del de Estados Unidos. Con dicho déficit casi en un 9% del PIB, fue también el más alto de la eurozona, después del de Grecia. De hecho, sin los déficits de España, la eurozona habría tenido un considerable superávit por cuenta corriente, reflejando ampliamente la evolución de Alemania hacia el superávit, y habría exacerbado los desequilibrios globales.

“¿Y qué?”, podría preguntarse uno razonablemente. ¿Por qué el aumento de los citados desequilibrios dentro de la eurozona debería ser más significativo que la balanza de pagos entre Escocia e Inglaterra? De hecho, ¿no fue la obtención de inmensos flujos de capital, que son la contrapartida de los superávits y déficits por cuenta corriente, para lo que fue diseñada la creación de la unión monetaria? En ausencia del riesgo de divisa y de expropiación, los inversores buscan las mejores rentabilidades allí donde se deben encontrar. Si todo ello provoca la generación de inmensas cantidades de préstamos a ciudadanos de un país (o región) dado, eso seguramente no es significativo.

Hasta cierto punto, este argumento es correcto. Pero si los inversores no son conscientes de la interdependencia de los riesgos que está asumiendo, pueden encontrarse con que los deudores son significativamente menos fiables de lo que habían pensado. De forma más precisa, los prestamistas de un boom inmobiliario encuentran probable que una caída en el mercado local de las propiedades afecte a la solvencia de muchos deudores. En ese caso, deciden retirar el crédito o detener nuevos créditos de forma repentina. Si eso ocurriese, ello conduciría a una recesión local, a medida que la actividad constructora se fuese reduciendo.

Por lo tanto, dentro de la unión monetaria, el riesgo de divisa se convierte en un riesgo de crédito. De nuevo, incluso una bancarrota generalizada puede no afectar demasiado si los precios y los salarios son razonablemente flexibles en términos nominales y reales, o si resulta fácil expandir la producción de bienes y servicios comercializables y competitivos. El ajuste, entonces, es relativamente sencillo, como demuestra la experiencia de las economías nórdicas y del este asiático en un pasado no muy lejano.

En esos casos es, al menos, relativamente fácil reemplazar la demanda doméstica perdida con demanda externa. Pero se hace difícil de creer que esto pueda ser cierto en el caso de España cuando el boom inmobiliario termine, por seis razones, todas ellas extraídas del informe de la OCDE: primero, España ha sufrido una considerable pérdida de competitividad; segundo, la capacidad tecnológica de las industrias españolas de bienes comercializables es débil en muchos aspectos; tercero, gran parte del reciente esfuerzo de inversión ha ido a parar a la producción de bienes no comercializables, particularmente inmuebles; cuarto, las industrias españolas son relativamente vulnerables a la competición de los salarios más bajos del centro y este de Europa y del este de Asia; quinto, el incremento subyacente de la productividad se ha mantenido muy bajo, que hará más dura la recuperación de la competitividad; y finalmente, la negociación salarial es muy rígida y, sobre todo, no responde a las condiciones de la eurozona.

España ha disfrutado de un soberbio boom en un momento de débil demanda en la eurozona y de una política monetaria expansiva. A medida que la eurozona se recupera, la política monetaria se está endureciendo. Mientras que España, en su conjunto, se beneficiará de la mayor demanda proveniente de sus principales mercados, sus deudores tendrán que afrontar una carga sustancialmente más pesada del servicio de sus préstamos y créditos. Esto provocará que se precipite el fin del boom de la construcción y del crédito inmobiliario. El ajuste tendrá que venir después y los políticos españoles se verán obligados a gestionar las consecuencias.

Para España, los mejores tiempos de la eurozona presagian un reto aún mayor. Será necesario un ajuste hacia un camino distinto y más sostenible. En la década venidera tendremos una mejor idea de cómo una de las hasta ahora más exitosas economías de Europa será capaz de prosperar dentro del chaleco de fuerza de la unión monetaria.

* N.T. El título original del artículo es un juego de palabras recurriendo a una famosa frase utilizada para el aprendizaje de la fonética inglesa: “The rain in Spain is main in the plain”.


Hit Counter provided by Email Lists